Durante sus extensas giras Nana Lu, visita a la Universidad Anáhuac en la Ciudad de México y expone los nuevos desafios que tienen las mujeres indigenas hoy en día.

Mucho se ha dicho y mucho se ha escrito sobre la pobreza de los pueblos indígenas y los datos o indicadores, casi siempre nos colocan en la posición más baja, en “extrema pobreza”. Es decir somos el estrato social más abandonado y marginado de la nación y según estos indicadores, somos los que tenemos más carencias, por lo menos para vivir de una manera digna.

Pero para nosotros, los p’urhepechas, la pobreza no es solamente un dato que se encasilla en una encuesta y que nos indica en porcentajes, si somos pobres o que tan pobres somos. Para nosotros la pobreza es una situación real, que se toca, se palpa y se vive. Nosotras, nacemos pobres, vivimos pobres y seguramente moriremos pobres, a no ser que ocurra un milagro que cambie de la noche a la mañana nuestra angustiosa realidad. Es algo más que cifras y porcentajes. Son rostros de mujeres angustiadas y adoloridas porque no han podido subsanar las demandas básicas de su familia y que se ven imposibilitadas ante las barreras invisibles que les marca una sociedad que no las comprende y las margina. La pobreza es algo más que números, cifras, datos, cuadros, etc. Se expresa con humildad, pero con testimonios reales y es una variedad inusitada de rostros : “El rostro de angustia de las mujeres que no han podido llevar un pedazo de pan para alimentar a sus hijos que tienen hambre” o “ el rostro de la desesperación de la madre que no puede mandar a su hija al bachillerato de la ciudad más cercana porque no hay dinero para pagar los pasajes”, o “ el coraje de la mujer que sin ninguna explicación le dicen que el cheque de oportunidades no llegó” o “ la cara de sufrimiento y de dolor, de la mujer que regresa de la clínica con un nudo en la garganta porque no sabe hablar el español, sin haber sido atendida y que ya no soporta el dolor de espalda”, rostros que marcan y expresan una serie de condiciones y limitantes que impiden el desarrollo de la mujer y que hacen que cargue una pesada cruz por las calles polvorientas de nuestras comunidades. La pobreza se siente y se toca desde dentro de las comunidades. Es una vivencia conjunta, de respirar el pesado ambiente de sus vidas cargadas de limitaciones y recibir las múltiples ofertas de las dependencias gubernamentales que ofrecen y prometen ayudas que nunca llegan . La pobreza la escribimos nosotras, en el largo caminar por nuestras frías y desoladas calles de nuestras comunidades y no es detrás de un frío escritorio en donde diseñan la pobreza los expertos cuya preocupación es inventar nuevas clasificaciones. Para nosotras la pobreza es algo más real y casi siempre tiene cara de mujer. Y, también, si hay que medirla, podemos hacerlo, basta contar el número de agujeros que tienen los rebozos de las mujeres para saber el tamaño de la pobreza.

La pobreza de la mujer indígena viene desde hace muchos años ó mas bien nos la heredaron desde la conquista y se ha acentuado en las últimas décadas en donde vemos con espanto y angustia el crecimiento desaforado de la “desigualdad” que muestra por todos lados que nuestra sociedad camina mal, que está enferma y que no vemos el remedio en el corto plazo.
Pero además y dentro de nuestras comunidades, la mujer sufre una cruel y despiadada marginación. Por años la mujer indígena, sigue reglas de comportamiento no escritas pero aceptadas por las comunidades y dictadas por los hombres, es considerada como de segunda categoría, al servicio de la familia y con una marca de obediencia y sumisión que le ha privado de elaborar su propio proyecto . Su hábitat, es la cocina en donde se refugia para elaborar los condimentos que servirán a la familia, sin descuidar el arreglo de la casa y el cuidado de los niños. Las oportunidades de superación si es que existen, las disfrutan y se las apropian los hombres siguiendo también reglas no escritas que a la fecha no se han podido cambiar. De esta manera la mujer transita por el mundo con una carga impresionante de olvido, de abandono y de explotación que no deja marca en su vida, ni signos claros que puedan recordarse con cariño o con admiración.

Recoger la cascada de necesidades de tantas mujeres que se revuelcan en su pobreza, en donde parece que no hay esperanzas de salida, y la oscuridad de sus vidas se acrecienta ante el abandono y marginación de una historia sin límites que ha marcado a las mujeres “como ciudadanas de segunda clase”, es casi escribir la historia sin fin.
El triste caminar de la mujer indígena es como un rosario de lamentaciones y de sufrimientos que la caracterizan como alguien que ha nacido para servir y que transita en las comunidades con las manos arrugadas de tanto trabajar y que siempre se le ha negado el derecho a decidir y a presentarse como una persona con derechos y deberes que no conoce y que no se han preocupado por enseñárselos.
Sin embargo, estas situaciones empiezan a cambiar debido a muchos factores internos y externos que van abriendo poco a poco espacios en donde la mujer indígena empieza aparecer con una nueva cara y una personalidad que había estado dormida por mucho tiempo.

El problema de la migración con su cauda de aspectos positivos y negativos y que debe de ser tocado y analizado en otros foros, empuja repentinamente a la mujer indígena a ocupar nuevos espacios y desarrollar acciones que habían sido catalogados dentro de la norma masculina como trabajos propios de los hombres. La mujer, al quedarse en las comunidades y participar a veces pasivamente en el sueño Americano, de pronto se hace cargo de la familia, de la educación de los hijos y ser la cara visible del hogar que marcó y sembró el hombre que se fue. Ante muchas limitantes y sin muchas capacidades asume la responsabilidad de jefa de familia y con el coraje de vivir y de sacar a sus hijos de la angustiosa situación que la soledad presenta, se enfrenta a los desafíos de manejar el terreno abandonado, el taller artesanal, o proyectarse como productora emergente para poder subsistir ante las bocanadas que da el frió y el hambre.

Otro de los conceptos que se presentan en esta nueva visión de la mujer indígena, frente a las deterioradas economías familiares, es que la mujer inicia el desarrollo de un nuevo rol, se presenta como productora que juntamente con el marido trabajan hombro con hombro para obtener mejores ingresos que les permita sobrevivir ante los embates de una alza desenfrenada de los productos básicos alimentarios. Esta situación que abre un espacio importante en las relaciones familiares da un nuevo sesgo al concepto de familia patriarcal y prepotente que se había manejado históricamente en las comunidades. Incide en la producción en el comercio y en las relaciones públicas. Aparece como la mujer creativa de nuevos diseños más artísticos y mas comerciales. Entra en el mercado con una presencia clara y agradable, pero firme que hace que el mercado tenga una nueva cara de armonía y hasta de simpatía. La unidad familiar se fortifica porque los dos trabajan y los dos enfrentan sueños, angustias y luchas comerciales en un mercado que cada día se pone más difícil y que perjudica a los artesanos indígenas.

El otro aspecto positivo de la presencia de la mujer se debe a ese potencial que había estado guardado bajo el reboso de nuestras mujeres y que empieza a despertar con energía y agresividad femenina demandando lo que es de ellas y que siempre se les había negado. Aparecen en las comunidades quietas y solitarias de nuestros campos indígena mujeres con una energía que dándose cuenta de la importancia que tienen en las comunidades empiezan a ejercer sus derechos y sus deberes. Sienten que en esta nueva proyección de los pueblos indígenas, el diseño o el perfil de la nueva sociedad debe hacerse también con la mano de la mujer. Ella aportará claridad, energía, limpieza y transparencia en un orden social diseñado exclusivamente por los hombres y que no ha funcionado muy bien, marcando el camino con lodazales de injusticias, de inmoralidades y de prebendas a los amigos cercanos. El cambio en la organización indígena que empieza a caminar será con la presencia de la mujer que no baja los brazos sino que empuja hacia adelante quitando piedras en el camino para que nuevas mujeres indígenas caminen con mas facilidad.

Toda esta perspectiva de la presencia de la mujer en las sociedades indígenas no es un regalo o una concesión de los hombres, es la agresividad de las mujeres que poco a poco nos hemos planteado en la sociedad actual y que estamos exigiendo nuestros derechos y que estamos ocupando los espacios que nos habían quitado, pero que nos pertenecen. La presencia de la mujer no es suplantar las acciones de los hombres sino exigir en la sociedad la presencia de la mujer, esgrimiendo sus derechos y exigiendo los espacio que les corresponden en esta sociedad con tintes masculinos. No es quitar al hombre espacios o posiciones, sino trabajar juntos. Nunca más caminar adelante o atrás de los hombres, sino siempre juntos, afrontando el destino de esta nueva sociedad que nos exige presencias creativas y expresiones claras, apoyándonos en nuestra identidad como pueblos indígenas.

Esta nueva visión la encaramos y la formamos un grupo de mujeres indígenas decididas a cambiar el rumbo de nuestros pueblos. Es una misión que parece imposible pero que ya hemos caminado abriendo brecha y quitando piedras. Sentimos que el enemigo aún lo tenemos adentro. Los hombres de nuestras comunidades no nos entienden y como siempre hemos estado calladas y a su servicio, sienten que perderán algo propio y que ésta perdida puede significar la perdida de su concepto machista. Pero la lucha por la dignidad de la mujer indígena no baja los brazos y seguimos adelante luchando sin romper la armonía de nuestras familias y de nuestras comunidades. Estamos demostrando que somos capaces en la administración de actividades productivas. Que somos eficientes y honestas como servidoras publicas y que como siempre somos orgullosamente indígenas.

Esta nueva visión que marca un perfil femenino en las relaciones sociales determinará un nuevo caminar en la frialdad y abandono de nuestros pueblos. Y allá, en el fondo de nuestras comunidades, golpeadas por el frió y la soledad, donde huele a pan recién elaborado, pero también huele a conflicto social, se escribirá una nueva página de la historia de las mujeres indígenas que por fin despiertan y entran al conflicto social.
Por eso nuestra presencia tranquila pero firme, que viene también desde el fondo de nuestras comunidades, dará pie para un nuevo diseño en donde los conflictos sean menos, la desigualdad no sea tan grande, donde la pobreza se vaya reduciendo y en donde haya oportunidades iguales para hombre y mujeres. Es un duro caminar pero estamos llenas de fortaleza y como siempre elevamos nuestra voz y gritamos al cielo “nunca más un México sin nosotras”.

Universidad Anahuac, Marzo del 2006
Guadalupe Hernández Dimas.

 

 

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