8 DE MARZO: DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER Y TAMBIÉN DE LA MUJER P’URHÉPECHA.

La celebración del día internacional de la mujer, cada año aparece con mayor relevancia. Es el reconocimiento a la lucha de muchas mujeres que expresaron y reafirmaron que la mujer también tiene derechos y que deben ser respetadas por todos los sectores sociales, en especial por los hombres. Esta labor titánica de las mujeres tuvo su reconocimiento a nivel mundial, cuando la ONU aprobó los derechos de las mujeres y convoco a todas las naciones para que firmaran los decretos internacionales. México fue uno de los primeros países que firmaron estos tratados a favor de los derechos de la mujer.

Este avance tan singular a favor de las mujeres, cada día se reconoce y en las sociedades citadinas se siente el impacto de la presencia más igualitaria de las mujeres. En estos ámbitos, aunque hay muchas deficiencias y ambigüedades, el reconocer los derechos de las mujeres es una situación que no tiene vuelta de hoja y que se reconoce en políticas, en los gobiernos y en el cotidiano familiar.

En el campo y en las comunidades indígenas aún hay una gran ambigüedad y un enorme desconocimiento de los derechos de las mujeres. Y esta situación presenta dos caras que complican la aplicación formal de estos derechos.

• Por un lado, el nulo conocimiento que las mujeres indígenas tienen de sus derechos humanos. Ha nacido en sociedades machistas, que se rigen por leyes históricas y que marcan una conducta de sujeción y de servicio de la mujer a la familia y sobre todo al hombre. La ignorancia de los derechos de la mujer, hace que las mujeres vivan en una subordinación que tiene tintes de aceptación histórica.

• En la otra cara de la moneda encontramos a los hombres, jefes de familia o autoridades, que eluden y no quieren tratar los temas de los derechos de la mujer. Seguramente la historia les ha marcado una superación fingida que no quieren perder ante el despertar de las conciencias de las mujeres.

La suma de estas dos ambigüedades tiene como resultado el conformismo de las mujeres en su situación de dependencia y de sumisión y por otro lado la costumbre de los hombres a mantenerse ficticiamente en una situación que les da superioridad y prepotencia sobre las mujeres.

Esta difícil situación empieza a cambiar lentamente en la medida en que agentes externos de las comunidades indígenas hablen y proclamen la igualdad de las mujeres con los hombres. La ley garantiza esta igualdad y la fundamentación cristiana, nunca habla de la sumisión o desigualdad entre hombres y mujeres. Este esfuerzo de las propias mujeres indígenas va despertando conciencias y cambiando situaciones. No es incrementar una lucha entre mujeres y hombres. Es que las mujeres ocupen espacios propios en la familia y en la comunidad. La armonía de la vida, la exigencia de trabajos conjuntos y la personificación de mujeres al frente de los hogares por causas sociales o de la migración de los hombres, hacen que la mujer se presenta en la comunidad desempeñando roles que antiguamente estaban prohibidos o no era usual que las mujeres asumirán dichos roles.

En esta sociedad de cambios acelerados la mujer indígena ha entrado con fuerza y personalidad a diseñar el nuevo perfil comunitario. Son situaciones que exigen su presencia pero que vienen alimentadas por el despertar de una conciencia femenina que reclama su puesto en la sociedad y que rechaza una sumisión y un desprecio por ser mujer.

 

Sentimos y tenemos seguridad que esta presencia tranquila pero firme de las mujeres en la comunidad, dará pie para un nuevo concepto de comunidad en donde los conflictos sean menos, la desigualdad no sea tan grande, donde la pobreza se vaya reduciendo y en donde haya oportunidades iguales para hombres y mujeres. “NUNCA MAS UN MEXICO SIN LAS MUJERES”.

Guadalupe Hernández Dimas

Marzo de 2009

 

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