Guadalupe Hernández Dimas mejor conocida por todos como Nana Lu, participó como ponente en el marco de la Feria de Organizaciones Indígenas, celebrada en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México donde comento lo siguiente:

Generalmente al hablar de la pobreza delos indígenas, en auditorios tan selectos como el presente, se antoja, como es costumbre, recurrir a los “indicadores de pobreza” que nos marcan y definen la situación de los pobres, en especial de los indígenas, que como Uds, saben y se ha escrito abundantemente, los indígenas nos encontramos en la escala inferior de dichos indicadores o de las clasificaciones sociológicas, que hay muchas y de fuentes muy importantes como el Colegio de México, La UNAM o la misma SEDESOL.

Y todas ellas tienen un denominador común : Hablar de los “satisfactores” como marco de referencia. Y así se dice y se define el grado de pobreza de los sectores sociales, y hablando de los indígenas se comenta: Si tiene algunos satisfactores, como puede ser, si su casa tiene piso de cemento, techo de lamina y un espacio de cocina y comedor, pues es pobre, pero no tan pobre. Pero si por el contrario, en su pequeña casita el aire y el frío se meten por todos lados, el espacio es muy reducido y no hay cocina, pues se dice y se clasifica que es muy pobre, y si le aumentamos que casi no tiene materia prima para comer, es sumamente pobre…y lo meten en la parte más baja de las clasificaciones de pobreza. Y otra de las limitantes que tienen estas referencias a los satisfactores, es que, en la mayoría de los casos, las respuestas a la pobreza son “mecanicistas”. Si el conglomerado no tiene piso de cemento, ni techo, habrá que dotarlo de bultos de cemento y techos de lámina y así estará en camino de borrar la pobreza, pero vemos con tristeza y desesperación, que la poco tiempo, la familia ya puso el piso de cemento y ya colocó las láminas de cartón o de asbesto, y sigue siendo igual de pobre.

Sin embargo las clasificaciones de pobreza y sus múltiples definiciones, nos ayudan a ir comprendiendo el problema tan grande que es la pobreza en este México de tantas contradicciones y de tanta desigualdad.
Para nosotros, los P’urhépechas, indígenas de Michoacán, la pobreza no es solamente un dato que se encasilla en las encuestas y que nos indica en porcentajes, si somos pobres y que tan pobres somos. Para nosotros, la pobreza va más allá de los datos sociológicos, de las cifras frías de porcentajes y clasificaciones académicas. Para nosotros, la pobreza es una situación real, que se toca, se palpa y se vive. No es simplemente una teoría académica, es desgraciadamente una realidad, una manera de ser, de vivir. Nosotros nacemos pobres, vivimos pobres y seguramente moriremos pobres y de alguna manera nuestra condición social está diseñada por las actuales condiciones de este México y no vemos en el corto plazo que esto puedacambiar.

La pobreza en nuestras comunidades indígenas, va más allá de las cifras académicas, tiene manifestaciones que no pueden clasificarse en porcentajes, que no pueden meterse en casillas de números y números. La pobreza son manifestaciones que se reflejan en los rostros marginados y abandonados de las mujeres, que indican y muestran las barreras existentes en nuestra sociedad que sobre todo margina a las mujeres aislándolas de un desarrollo y de un crecimiento social. Para nosotros la pobreza es algo más que números, cifras, datos, cuadros, etc. Es una manera de ser y de vivir, que se expresa con humildad, pero con testimonios reales y es una variedad inusitada de rostros de mujer : “ el rostro de angustia de las mujeres que no han podido llevar un pedazo de pan para alimentar a sus hijos que lloran angustiosamente sin tener que comer”…..”El rostro de desesperación de la madre que no ha podido mandar a su hija al bachillerato den la ciudad vecina, porque no hay dinero para los pasajes”….”El coraje de la mujer que sin ninguna explicación le dicen que no llegó el cheque de oportunidades”…” o la cara de sufrimiento y de dolor de la mujer que regresa de la clínica con un nudo en la garganta, porque por no hablar el español no ha podido decirle al médico el dolor de espalda que siempre la acompaña”…Rostros que marcan y expresan una serie de condiciones y limitantes que impiden el desarrollo de la mujer indígena y que hacen que cargue una pesada cruz por las calles polvorientas de las comunidades enclavadas en la meseta P’urhépecha. La pobreza se siente y se toca desde adentro de las comunidades. Es una vivencia conjunta, de respirar el pesado ambiente de sus vidas cargadas de limitaciones y de oír las múltiples ofertas de las dependencias gubernamentales que ofrecen y prometen ayudas que nunca llegan. La pobreza la escribimos nosotras, en el largo caminar por nuestras frías y desoladas calles de nuestras comunidades y no desde un escritorio entre cuatro paredes en donde los expertos diseñan y clasifican nuestra pobreza. Para nosotros, como hemos dicho, la pobreza es algo muy real y casi siempre “tiene cara de mujer”. Y también, si hay que medirla y clasificarla, podemos hacerlo, basta contar el número de agujeros que tienen los rebozos de nuestras mujeres, para saber el tamaño de la pobreza.

Añadida a esta cruel situación, la mujer sufre una lamentable y despiadada marginación. Por años la mujer, en nuestras comunidades, ha seguido reglas de comportamiento no escritas pero aceptadas por las comunidades y dictadas y exigidas por los hombres, que marcan y estipulan el papel de la mujer al servicio de la familia, con una marca de obediencia y sumisión, que le ha privado de elaborar su propio proyecto. Su hábitat es la cocina, en donde se refugia para elaborar con mínimos recursos las comidas para la familia, hacer las tortillas, sin descuidar el arreglo de la casa y de los niños. Las oportunidades de superación, si es que existen, las disfrutan y se las apropian los hombres, siguiendo también reglas no escritas. De esta manera la mujer transita por su mundo, con una carga impresionante de olvido, de abandono y de explotación, siempre resiganda y obediente.

El triste caminar de la mujer indígena es como un rosario de lamentaciones y de sufrimientos que la caracterizan como alguien que ha nacido para servir y que transita por las comunidades con las manos arrugadas de tanto trabajar y que siempre se le ha negado el derecho a decidir a presentarse como una persona con derechos y deberes que no conoce y que no se han preocupado por enseñárselos.

Y en medio de estas condiciones tan lamentables, aparecen los “programas y proyectos de desarrollo” de muchas instituciones y dependencias gubernamentales que pregonan por todos lados “la lucha contra la pobreza”. Programas que en la mayoría de los casos, además de ser voluntaristas son asistencialistas, es decir, de ninguna manera se plantean a fondo la transformación de las estructuras de desigualdad en que se encuentran sumidas las comunidades indígenas. Estos programas llenos de la mejor voluntad de luchar contra la pobreza, adolecen de muchas limitantes:

ASISTENCIALISMO : Como si la pobreza la fuéramos a combatir con dádivas o acciones que aligeran momentáneamente la pesada carga de limitantes, pero que en el fondo masifican y hacen más dependientes a los pobres, que en el largo tramo los condicionan a recibir siempre ayudas, como limosnas, sin nada a cambio. No hay un proyecto de transformación y se limitan simplemente a “dar” lo que les sobra a las clases privilegiadas, y evitar un compromiso de entrega y solidaridad con los más desprotegidos del sistema y de la sociedad.

BENEFACTOR Y BENEFICIARIO : Son términos que se usan en los programas y proyectos de desarrollo y que de inmediato crean situaciones de dependencia y de paternalismo. El “benefactor” es la persona o institución, que es muy buena gente y que “da” u ofrece una ayuda a los más pobres. Y los pobres, receptores de esos “beneficios” se convierten en “benefactores o beneficiarios”. Es decir son las comunidades o personas que reciben los beneficios de los programas, sin un compromiso, sin nada a cambio, lo cual acrecienta los lazos de dependencia y de subordinación entre estos dos sectores de la sociedad. Los que dan y los que reciben.

PATERNALISTAS : La Mayoría de los Programas o Proyectos tienen la característica de ser “paternalistas”, es decir se diseñan, se programan y se ejecutan, desde la cúpula. Para nada se toma en cuenta la opinión de los actores o de los que implementarán el proyecto. Son diseños y actitudes que vienen desde arriba y no están programados para recibir las opiniones, sugerencia de los de abajo. Y claro, cuando se descubre que el proyecto no funcionó, no es porque el diseño estuvo mal, sino porque no se aplicaron al pie de la letra los elementos del diseño y operatividad del proyecto.

Se necesita, pues, en la nueva proyección del desarrollo “compartido”, otra mecánica que parta desde el inicio, desde el diseño. Dentro de esta nueva perspectiva, del Desarrollo compartido, ubicamos los siguientes elementos como fundamentales:

DESARROLLO COMPARTIDO : Entendemos por esta nueva visión del Desarrollo, la participación de los dos elementos calves : Los diseñadores y los actores. Es una relación igualitaria en donde los “receptores” aportarán desde el inicio los elementos de funcionalidad, de existencia de recursos naturales y de fuerza de trabajo, condiciones importantes para la aplicación y diseño del proyecto. De esta manera, no es un proyecto diseñado desde el escritorio, sino desde la realidad concreta que se pretende atacar.

COMPARTIDO : Se rompe los conceptos históricos del que da y el que recibe, y se sustituyen por el “capacitador” o “asesor” y el “copartícipe”, es decir el receptor se convierte en agente activo que participa en partes iguales dentro del proyecto, aportando su capacidad personal, su experiencia y conocimiento de la realidad y la mano de obra, elementos fundamentales en la realización de cualquier proyecto. El éxito del proyecto dependerá de un buen diseño, de una buena aplicación y de la responsabilidad del actor social , que se convierte en socio, con derechos y deberes dentro del proyecto.

REGLAS CLARAS DE JUEGO : El diseño, la ejecución y la implementación del mismo, tendrán los mismos lineamientos, pero ahora con una nueva óptica. El riesgo es de ambas partes, con igualdad de aportes y riesgos. Se borró el receptor a cambio de nada, por el actor con derechos y obligaciones y con la responsabilidad de éxitos y fracasos.
La lucha contra la pobreza no hace desde un laboratorio individualista, con diseños rígidos y nada participativos. Debe hacerse y ya se está haciendo, con la participación de los pobres, que creemos, algo saben de la pobreza y como combatirla. Debemos de sumar esfuerzos, unirnos hombre con hombro con los pobres, y luchar frontalmente contra la pobreza, que se ha enquistado desde hace mucho tiempo y no tiene deseos ni posibilidad de salir.
El combate a la pobreza, no es solamente una acción voluntarista, ni ciertas poses o estados de ánimo. Es la exigencia de una clase social que crece fuertemente, ante la indiferencia de los partidos políticos y de las acciones gubernamentales. Que hasta el momento solo han hablado del combate a la pobreza y no se ha hecho nada para superar las grandes desigualdades que provocan la pobreza. Esta enorme desigualdad que cada día aumenta, es la muestra más tangible de que nuestra sociedad está enferma, que camina mal y que no funciona y que nos parece no han sido atinadas las propuestas de desarrollo.
Es el momento de corregir el rumbo, de sumar esfuerzos, de responder a esa demanda de tantos pobres, que se revuelcan en su pobreza y que esa desesperación y esa frustración con aumente o alimente el conflicto social. Muchas gracias.

Guadalupe Hernández Dimas.
Marzo del 2006. Universidad Iberoamercana. México D.F.

 

 

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