Siempre que se habla de los indígenas, se tiene que hablar del contexto en que se encuentran, de su ubicación, de su impacto con la naturaleza, de su cosmovisión, pero sobre todo de la relación, siempre conflictiva, con el Estado o con las formas de poder que tanto lo han afectado.

Hay una serie de escritos en donde se comenta y se detalla el largo caminar de los indígenas hasta nuestros días. Historia sangrienta, opaca, temerosa y desafortunada de nuestros pueblos indígenas.

De una manera sintética, trataremos de acercarnos a este largo y oculto caminar del pueblo indígena, haciendo referencia especial al pueblo P’urhépecha.

Dividiremos nuestra reflexión en tres momentos principales y característicos, marcados por la misma historia y que de alguna manera salpican a nuestro pueblo, que no puede ser ajeno a estos impactos históricos, cargados de acontecimientos sociales y políticos.

El primer momento es la caracterización de la CONQUISTA. Manifestada por el choque brutal de dos culturas, de dos pueblos, en donde el español, con todo el poderío militar destruye y aniquila a un pueblo que vivía en paz, elaborando su destino y el esplendor de una cultura mesoamericana, que parecería muere o desaparece ante el fragor y el incendio de todo lo habitable, por las manos sin piedad de los conquistadores.

Este primer momento de los pueblos indígenas es la destrucción total, la barbarie de un pueblo que venía de occidente y que consideraba a los indígenas como bestias de carga, personas sin alma y que vivían en pecada y que había que destruirlas bajo la razón de las “guerras justas”. Es el atardecer de los pueblos, que ven caer a sus ídolos, destruido su hogar y su familia y de lo que antes era esplendor y grandeza, no quedan sino cenizas de un fuego ardiente, que clama, entre las sombras y la tristeza, “venganza” destrucción del hombre blanco. Es la negación de los pueblos, como personas y como conjunto social. Es la parte oscura de los pueblos indígenas, que ven rota su personalidad y casi su identidad.

El segundo momento de los pueblos indígenas, marcado por la explotación de la corona española, que se apropia de todo, de las personas y de sus tierras, de sus pertenencias. Todo lo que se mueve, todo lo que es productivo, es propiedad de los españoles. Y bajo la espada conquistadora se abre una nueva explotación y dominio, la “EVANGELIZACIÓN” que en el puño de la espada se marcaba una cruz, señal de lo violento de la evangelización. Había que dar a la corona española las propiedades del nuevo mundo y a Roma, la propiedad de la evangelización,  la conquista espiritual, que nada tenía de caritativa o de piadosa.

Este segundo momento, se caracteriza con un despertar callado, tranquilo, oculto, del pueblo indígena. De  las cenizas aún ardientes de la destrucción española, resurge poco a poco la presencia del nuevo pueblo indígena, que recompone poco a poco su integridad, su cultura, su familia y su cosmovisión. Es una época de aguante, de trabajo en la oscuridad, de fingir aceptación a los dictados de los conquistadores, pero al reconstruir callados y solitarios, su nueva identidad, tomada de las cenizas aún ardientes de la cultura indígena.

Dos son las imágenes fuertes que marcaron un símbolo de identidad con los indígenas. Las figuras imponentes de Bartolomé de las Casas y de Vasco de Quiroga, ambos Obispos de la nueva España, uno en las tierras del sureste, en la última provincia de Chiapas y el otro,  primer Obispo de los P’urhépechas, en la tierra Michoacana.

Bartolomé, en su lucha feroz en España, para la erogación de las leyes de indias, en donde dejo su espíritu y toda su vida y dio muestra indiscutible de su compromiso con los indios de la nueva España. Vasco de Quiroga, gran pastor, que acompañado de la utopía de Tomás Moro, sembró en los indígenas el espíritu de solidaridad, el espíritu del trabajo comunitario y fundó sus hospitales-pueblos, como espacio de trabajo compartido y siempre en beneficio de los más necesitados. A través de su pastoral, reconoció al indígena sujeto de evangelización y sujeto de desarrollo, y desde el pobre fincó su pastoral que exaltaba al indio y lo ponía en el mismo plano que los españoles.

Este segundo momento se caracteriza por el trabajo de reconstrucción del pueblo indígena. Aceptar fingidamente muchos principios, pero reconstruir la identidad. Se oculta el pueblo y parece que solo queda el recuerdo de la grandeza prehispánica. Lo indio se vive en el recuerdo, en lo pasado, solamente. El presente es la indefinición, la falta de personalidad. La creatividad y reconstrucción de un pueblo se da en las sombras, en el anonimato.
El tercer momento del indigenismo, tiene dos facetas o dos apreciaciones.

La primera faceta, son los movimientos indígenas posrevolucionarios. Contagiados por las demandas del movimiento revolucionario, y por tener la necesidad de salir a la palestra nacional y presentarse como miembros del conglomerado social, los grupos indígenas aparecen y expresan sus demandas muy concretas. Son grupos aislados, no con mucha conexión nacional, pero que aparecen y se hacen presente. Diríamos que el movimiento indigenista se presenta como una diáspora en el territorio nacional.

Tan es significativa su presencia que el Estado los empieza a tomar en cuenta, se percata que hay un grupo social, que no lo había tomado en cuenta y que irrumpe con fuerza y con un nuevo mensaje y nuevas demandas. El gobierno es cuestionado y reflexiona su postura ante los pueblos indios. En un primer momento la acción gubernamental es control y sujeción. Hay que integrarlos al proceso nacional, que pierdan parte de su identidad y que se suman a la masa citadina. De las posturas integracionistas de los gobiernos, preocupados por asimilar a los pueblos indios y quitarles su identidad. Nace el Instituto Nacional Indigenista, con el propósito de integrar a la nación los enclaves indígenas. Para darles mayor y mejor atención, deben integrarse al proceso transformador impulsado por los gobiernos posrevolucionarios. Actitudes y planes que no causaron los estragos previstos, por la fortaleza de los indígenas y por la carencia formal y profesional de los promotores del INI.

La segunda faceta de este tercer momento es cuando el movimiento zapatista conmocionó al país en enero de 1994, y su presencia hizo que se colapsara la sociedad, el gobierno y el mundo entero. El grito desesperado de los indígenas del sureste en boca del subcomandante Marcos, abrió el horizonte y lo pintó de los colores indígenas. Un nuevo reclamo se escuchó en toda la nación, “aquí estamos los olvidados de tanto tiempo que queremos justicia y reconocimiento”. Gritos y voces que se desgranaron por las cañadas de Chiapas y se adormecieron en las largas llanuras del desierto de Sonora.  Una pregunta se esparció por todos los rincones: ¿ Porqué después de tato tiempo estalla en las montañas del sureste la rebelión armada con una amplia base indigenistas?. Y quizá lo más sorprendente haya sido cómo los indígenas lograron formar un movimiento que trascendió  los ámbitos comunal, regional, nacional y hasta tener un impacto internacional.

Desde ese momento en que los indígenas hicieron su aparición en el campo nacional y con voz fuerte dijeron “Aquí estamos”, el panorama nacional cambió repentinamente. Hay un nuevo factor que considerar, hay un nuevo reclamo de grupos sociales, de indígenas en el olvido, a los cuales hay que atender, y que metió al gobierno en una encrucijada de la cual aún no sale.

El 9 de Febrero de 1995, el Presidente Ernesto Zedillo ordenó un operativo policiaco-militar en contra del EZLN,  que a los pocos días tuvo que suspender, como en el caso de sus antecesores, ante las movilizaciones de la sociedad civil y las exigencias de la opinión pública, de retornar a la vía del diálogo. Y así surge San Andrés como la nueva sede del diálogo entre el Gobierno y el EZLN. Se empieza a escuchar y a tratar: “Derechos y Cultura Indígena”, “Democracia y Justicia””Bienestar y Desarrollo””Derechos de la mujer”, entre otros temas.

A partir de entonces, el movimiento indígena ha venido experimentando una serie de transformaciones cualitativas que se manifiestan de muchas maneras, como es la búsqueda en una mayor participación y articulación política con otros grupos, organizaciones y sectores de la sociedad. Y así de esta manera la demanda indígena va ligada al rechazo de la política neoliberal y además expresan y constituyen anhelos comunes de sectores de la población india y no india. Y no bajan la guardia y siguen exigiendo el reconocimiento de sus derechos históricos, la autonomía territorial y el arreglo jurídico-político que les permita ejercer estos derechos, y además agregan demandas ecológicas que constituyen un salto adelante en sus siempre presentes demandas como son la defensa de la naturaleza, la producción y la cultura.

Desde luego la lucha autonómica se desprende de la crítica al carácter excluyente, antidemocrático y centralista del Estado y conduce a la propuesta  de un Estado multiétnico y democrático que restituya la soberanía a la nación y reconozca el derecho de los pueblos indios a autogobernarse con autonomía.

En este caminar nos asaltan muchas preguntas: ¿Qué elementos han incidido en la adopción de una perspectiva autonomista por parte de los pueblos indígenas? ¿En qué medida la política indigenista oficial obstruyó y silenció los reclamos de autonomías de los pueblos indígenas? ¿Cómo se desprendió del indigenismo oficial  el movimiento indígena, los grupos y asociaciones, el mismo pueblo,  para dar lugar a la constitución de un nuevo sujeto social?. En concreto se trata de entender cómo y porqué se impuso un régimen negador tanto de la diversidad étnica como de la pluralidad política del país y porqué las élites dominantes rechazaron, con toda la fuerza y todo el poder, cualquier reclamo o reconocimiento de autogobierno indígena.

Y la lucha seguirá, porque de seguir así, apartados de los órganos de poder y de las instancias de representación popular, los pueblos indios no tendrán  la menor ingerencia, en cuanto tales, en la elaboración de leyes y en la adopción de medidas administrativas, que sin embargo, los afectan directamente. Mientras para el gobierno, el proyecto de los pueblos indígenas será, como ha sido siempre, callar y obedecer.

Y al observar el panorama Nacional, lo que queda claro es el aumento desenfrenado de la desigualdad, del aumento de la pobreza, que lesiona fuertemente a las comunidades indígenas. Y como lo hemos dicho en repetidas ocasiones, sin justicia social, resultante de cambios en la distribución, empleo digno y expectativas de mejoramiento integral, la democracia se oxida y su producción simbólica se vuelve divertimento de los acomodados. La idea de modernidad se torna simulación oligárquica y la reforma del Estado operación de desmantelamiento y control. Y en esas estamos, y lo grave es que vivimos entre balas y muertos, demasiados conflictos que ahogan la existencia.

.Ing. Luis Sereno Coló.

Mayo del 2008
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