Entre muchas de las características que han definido a los pueblos indígenas o sea a nuestros antepasados, una es la que aparece como la más importante, la que los define con más claridad y es que sin duda alguna, los pueblos indígenas eran y son “eminentemente religiosos”.

Característica que se expresaba y salía principalmente, al no poder explicar los fenómenos naturales que de alguna manera intervenían directamente en sus vidas. El fenómeno del sol que aparecía todas las mañanas en el horizonte y daba luz y calor a los poblados ; los yacimientos del agua, que brotaban sigilosamente de las entrañas de la tierra; la presencia de las lluvias, que fortalecía sus sembradíos y pintaba de verde su campiña ; el estruendo de las tormentas, con sus incandescentes rayos; los fríos amaneceres de invierno y el granizo que flagelaba sus campos; las estrellas en el cielo y el caminar silencioso de la luna, etc. Al no poder explicar todos estos fenómenos, los trasladaban a la influencia de sus “dioses”, que eran los que provocaban los desastres o las bondades naturales y para las que no tenían explicación. Así aparecían las deidades, poderosas, dueñas del bien y del mal, que desde algún lugar desconocido mandaban y gobernaban al mundo y eran los dueños de todo lo visible e invisible.

De ahí la veneración de los pueblos hacia los dioses. Había que tenerlos contentos y no provocar su ira. Ofrecerles regalos, incienso, flores, animales y hasta sacrificios humanos. Y la veneración y la dependencia de los dioses era sumisa y dependiente. Se basaba en el temor, en cuidar sus actos que podrían ofender a los dioses y entonces caería sobre ellos, sobre sus familias y sobre su comunidad, castigos impredecibles, que mantenían a los pueblos en una zozobra timorata y culpable. por eso sus festividades, sus actos y reuniones masivas de veneración y alabanza, adquirían tonos de fiestas populares, en donde había que agradar al dios y ofrecerle lo mejor que tenían y sabían hacer. Había que ofrecerle, artículos suntuarios, vasijas de oro, piedras preciosas, mantos de lino con plumas de múltiples colores, utensilios de cocina y armas de ataque, etc. Pero también festejaban a sus deidades con danzas, bailes, cantos, música, representantes y originarias de cada región. De alguna manera, su supervivencia dependía de la voluntad y del ánimo de los “dioses”. Si había prosperidad, tranquilidad y buena convivencia y se triunfaba en las batallas, era porque los “dioses” estaban complacidos, estaban de buen humor. Pero si había conflictos, enfermedades y derrotas en las batallas, los “dioses” estaban molestos, hasta enojados, y castigaban al pueblo por sus malas acciones, su mal comportamiento, su cobardía en las batallas, con fuertes sequías, malas cosechas, mucho calor y fuertes impuesto por parte de los vencedores.

Cuando llegaron los sanguinarios españoles, en busca del oro de las indias, se inició una de las masacres más inhumanas y brutales que se han escrito en la historia de la humanidad ya que con un ejército perfectamente armado y con animales nunca vistos, destruyeron a los pueblos, saquearon sus pertenencias, violaron a sus mujeres, y se posesionaron de la tierra indígena, en manos de un pueblo tranquilo que se acurrucaba en las orillas de los azules lagos, o al pie de las escarpadas montaña. Junto con la voracidad de los soldados españoles, llegaron frailes religiosos con la encomienda de “Evangelizar” al nuevo pueblo y convertirlos al Catolicismo. Quitarles la venda de los ojos de la ignorancia y la incredulidad y enseñarles a mirar al cielo para que descubrieran al nuevo Dios de los Cristianos. Y con la presencia de estos nuevos Frailes, pocos de ellos auténticos evangelizadores se inicia el cambio sustancial en la vida y costumbres de los pueblos indios. Los conquistadores tenían la misión de “conquistar” a los pueblos y someterlos a la corona de España. Los indígenas conquistados y vejados, tenían que aceptar la denigrante encomienda y aceptar pacíficamente la pertenencia a España. Si no lo hicieran, se declaraban en una guerra justa y eran convertidos en esclavos, propiedad de los conquistadores. Pero la conquista iba acompañada de una evangelización. Los indígenas debían de aceptar al dios de los cristianos y veían atónitos como los Frailes derribaban sus ídolos, sus dioses, y los sustituían por una cruz que para ellos no significaba nada. Por eso la evangelización debe considerarse como una “conquista espiritual” manifestada por la brutalidad de los Frailes al destruir cualquier ídolo o vestigio de una religión pagana, y poner en su lugar una cruz, que representaba el nuevo símbolo de la Fe Cristina. “Conquista espiritual” que se manifestaba por la presencia de una espada de combate , que en el puño tenía una cruz. Y así poco a poco, sumisos y callados, fueron aceptando al nuevo “Dios” y a los santos, cuya diferencias no lograban entender. La imagen de la “Cruz” fue sustituyendo a la imagen esplendorosa del “Sol”, de la “Luna”, del dios del Agua, etc. Y aparecieron la Cruz, símbolo del nuevo Cristianismo y las imágenes de la Virgen y de los Santos.

Los indígenas, de una gran tradición e historia religiosa, fueron tomando con naturalidad el cambio de sus dioses sanguinarios y prepotentes, por los nuevos dioses que les mostraban los Frailes españoles, imágenes bonitas, dioses cariñosos que sabían perdonar y casi no castigaban. La visión de esta nueva religión, fue adaptada con naturalidad, sus dioses y sus preceptos o reglas de comportamiento y veneración, se aceptaban y cambiaban sus imágenes, casi destruidas, por las nuevas imágenes, que hasta aprendieron a fabricarlas en pasta de caña, dándole una interpretación a su concepto o manera de ver a los nuevos dioses. De ahí brotan las características de los Cristos indígenas, a veces de un color negro, fuertemente golpeados y sangrantes y que fueron aceptados y venerados por la comunidad. El impulso a la fabricación de las imágenes religiosas tuvo su patrono conductor, el primer Obispo de Michoacán, D. Vasco de Quiroga, que hasta fundó una escuela o taller en donde se hacían las bellas y famosísimas Vírgenes de la Inmaculada concepción y la Virgen de la Salud, patrona de la ciudad de Pátzcuaro. La aceptación de esta nueva religión y sus santos ( ¿dioses antiguos? ) iba tomando cada día mayor aceptación y mayor presencia. Desde luego el impulso de los Frailes por preferenciar ciertas imágenes y apoyar ciertas festividades, reminiscencia española, hizo que las comunidades indígenas se volvieran más religiosas y aceptaran con más devoción a ciertos santos que de inmediato los nombraron “patrones de sus comunidades”. Y así ciertos santos marcaron su presencia en muchas comunidades, como La Inmaculada Concepción, patrona de muchas comunidades; El Arcángel San Miguel, que venció al demonio; El Santo señor Santiago, peregrino incansable y que se impuso en la guerra contra los Moros, etc.

Esta cierta preferencia por ciertos “Santos” ( ¿antiguos dioses? ), expresión de una nueva Fe que nacía desde el corazón de los indígenas, fue arraigándose en sus entrañas. Y desde luego, el impacto fuerte, fueron las apariciones de la Virgen de Guadalupe, una Virgen morenita, que se presentó como la patrona de los indígenas y que le ganó la batalla a la Virgen de los Remedios, la Virgen de los Españoles. De esta manera las comunidades indígenas fueron arropando a sus Santos Patronos y además de vestirlos a la usanza de las regiones, les brindaban una veneración impresionante. Las festividades patronales eran eminentemente religiosas. Era expresar la devoción y veneración a Dios y en su caso al Santo Patrono, como lo habían hecho antes, según lo contaban los abuelos. Pero en estas celebraciones era la Iglesia la que asumía esta festividad, que brindaba un espacio para expresar una evangelización masiva y que congregaba a los fieles para implorar las bendiciones y gracias del cielo. En el cumplimiento de una encomienda asignada. Sin embargo, las comunidades que ya se habían incorporado a la nueva vida y que practicaban la nueva religión, fueron adquiriendo personalidad social y eran las cabezas visibles del orden común o de las actividades profanas o laicas. Por lo tanto era lógico que también participaran en la organización de los festejos del “patrono” del pueblo. Su presencia se hizo notar y hasta les quitaron parte del esplendor eclesial. ¿ Recuerdo de las festividades indígenas antes de la conquista en donde las ceremonias eran totalmente festivas, con grandes ofrendas y hasta sacrificios de animales y humanos?. Quizá este recuerdo o la presencia de los hombres y mujeres en las nuevas celebraciones patronales, hizo que los festejos fueran más participativos en manos de la comunidad en general. Había toda clase de actos populares, comidas típicas, eventos sociales, música, danzas y por la noche la quema de los castillos o fuegos pirotécnicos. La presencia física se compartía por igual. Momentos eminentemente religiosos, la gran misa en la Iglesia con coros y el esplendor cristiano y por otra parte el bullicio y la participación popular: música, cohetes, comida, artesanías, etc. Se daba pues en las festividades patronales una doble cara, la celebración eminentemente religiosa y la celebración eminentemente pagana. Ambas celebraciones, mezcladas en el mismo espacio, daban una apariencia de un conjunto mágico-mítico, que aún hoy día presenta esta dualidad en las celebraciones de los Santos Patronos. Indiscutiblemente el pueblo indígena, las mujeres y los hombres de las múltiples comunidades, son eminentemente religiosos y han adoptado y asimilado la religión cristiana. Ellos tienen una Fe que la expresan sencillamente en la oración personal, o en el llanto silencioso, al pie de la imagen de su devoción, en donde le piden el milagro: “que cure a su papá o su hijos que tiene muchos días enfermo. Que le ayude a su yerno que no tiene trabajo, o que cuide al hijo mayor que se fue a los USA a trabajar y no han vuelto a saber nada de él”. Esa Fe sencilla que nace más del corazón que de la reflexión y que tiene su base sólida en el sentimiento y en el sufrimiento, más que en las lecturas clásicas de los especialistas de la Biblia o de los Evangelios. Esa expresión de Fe tiene mucho de lo que hoy se ha llamado “Religiosidad popular” Los frailes Evangelizadores pusieron especial énfasis en ciertas celebraciones religiosas, copia de las manifestaciones europeas, y trataron de adaptarlas al contexto indígena, como fueron las celebraciones de la Navidad y las Posadas, la Semana Santa, la hermosa festividad del “Cuerpo de Cristo” y la veneración de ciertos santos, de raigambre español. Así aparece la Navidad con los festejos evangelizadores, en donde hay que romper la piñata, que brilla y encandila a los hombres, pero hay que romperla para que broten las bendiciones de Dios.

Los actos litúrgicos de la Semana Santa, recordando la pasión de Cristo, en donde fue traicionado por amigos y enemigos y simbólicamente es nuevamente crucificado en una pequeña montaña para el perdón de los pecados de todos los hombres. La esplendorosa celebración del “Cuerpo de Cristo”, en donde el Obispo iniciaba la procesión con los mejores y ricos ornamentos y la custodia de oro, seguido y acompañado por el alto clero ataviado con elegantes túnicas. La veneración de los Santos, San Isidro Labrador, el que da el agua para cuidar las siembras, San Juan que colabora con las lluvias y cuida los sembradíos; Santiago Apóstol, Él cuida la fe religiosa y lucha contra los falsos profetas; San Miguel Arcángel, que cuida a los débiles y lucha contra los malos ( es la imagen de un Angel que combate y vence al demonio. San Antonio, patrono de las solteronas; La Guadalupana, patrona de América, etc.

Estas veneraciones, estas prácticas religiosas, tienen un contenido mágico mítico, en donde se mezcla la creencia religiosa con la esperanza de un milagro, de un acontecimiento inexplicable. Las veneraciones actuales o festividades patronales, ya tienen un grado de organización y un equipo de responsables que está en manos del pueblo. Son “los cargueros” elegidos por la comunidad, los encargado de organizar la fiesta. Es una responsabilidad muy fuerte, pero hay creencia y así se ha demostrado, de que los cargueros recibirán bendiciones del cielo y un progreso real en sus actividades diarias. Son los encargados de conseguir a los sacerdotes que oficiarán los actos religiosos ; contratarán las bandas de música; conseguirán la pólvora para los castillos o fuegos pirotécnicos; Y así la procesión siempre estará acompañada por las “huananchas”, o cuidadoras del santo o en especial de la virgen. También son los que organizan la comida para toda la comunidad, sobre todo para los peregrinos o visitantes. Tratando de profundizar un poco en estas festividades o manifestaciones de religiosidad popular, podemos decir lo siguiente : Como los antiguos P’urhépechas, festejaban al dios del fuego, al dios de la guerra o al dios del agua, así ahora se venera y se festeja a San Antonio , patrono de una comunidad. Dentro del cristianismo, hay una serie de actos religiosos, una misa solemne, una serie de actos de veneración, pero al mismo tiempo la gente sencilla va a visitar al patrono, al Santo, a pedirle una gracia, una protección, cuidar al hijo que se fue a los USA, a la hija que se acaba de casar o la salud para el abuelo. Hay una relación mítica personal y grupal, con motivo de la celebración patronal.

En todas estas celebraciones hay una mezcla de lo religioso y lo profano, de lo eclesial y lo comunitario. Lo comunitario o laico aparece y se impone al dominio de lo eclesial, sin quitarle su espacio de celebración y de representación eclesial. Pero la comunidad aparece y se apropia y hasta exige la presencia de lo eclesial en sus manifestaciones. Por ejemplo, en la festividad de el “Jueves de Corpus” ( Cuerpo de Cristo) en la comunidad de Tzintzuntzan, hay una misa formal en el templo muy adornado por los “cargueros”, que religiosamente cumplen su función en la celebración religiosa, pero también, los “gremios” o artesanos de la comunidad que han adornado las “pozas” por donde pasará la procesión eclesial, exigen que el sacerdote se pare y conviva con el gremio por unos momentos para adorar a Cristo, presente en la hostia. Posteriormente hay una comida comunitaria, signo de la hermandad de la comunidad y de la solidaridad con Cristo. En otras comunidades, después del recorrido por el atrio de la parroquia, los artesanos salen a las calles de la comunidad y arrojan a los asistentes muestras de su trabajo. Pero lo “avientan” fuertemente a los cielos, esperando que Dios, que habita en el cielo, bendiga sus productos, que comparte con la comunidad, para que la cosecha o la venta sea muy buena durante el año. Esta expresión de Fe, del artesano, lanzando sus productos al cielo para que los bendiga Dios, es la expresión sencilla y personal de una Fe que se vive y se manifiesta en una celebración comunitaria. O como en la fiesta del Niño de San Antonio en la comunidad de Santa Fe, que al finalizar los festejos Decembrinos, el “carguero” llega a su casa acompañado por las pastoras, ataviadas con sus mejores trajes, y deposita al “niño” en su nicho y las mujeres le cantan y le rezan responsos y peticiones hermosas y en un momento determinado, acompañadas por la música del pueblo, las jóvenes mujeres se ponen a bailar ofreciéndole al “Niño” con alegría, con respeto, un baile comunitario, que es otra manera de expresar su FE. “Hay que bailarle al Niño, para que no esté triste” “para que vivamos todos en armonía”.

La Fe puede ser la misma, la heredada de los padres o abuelos, adquirida o catequizada, pero la expresión, la manifestación es distinta. Antes solamente se podía “expresar” la fe, en la Iglesia, sobre todo en los actos religiosos, lo cual sigue siendo válido. Pero ahora se descubren nuevas manifestaciones de la Fe, naturales, colectivas, espontaneas, y que tienen otro sentido, pero el mismo objeto: reconocer la deidad, venerar a Dios o al Santo, pero la expresión es sencilla como el baile de las “pastoras” que con alegría le ofrecen a Dios lo que ellas saben hacer “Bailar”. El desafío actual es poder interpretar una serie de manifestaciones que tienen un gran contenido de Fe, que tenemos que valorar, impulsar y reconocer como una nueva manera de vida cristiana que merece una nueva evangelización, no solamente en los patrones antiguos de los fríos muros de las Iglesias. El desafío es comprender, reconocer y valorar las expresiones de Fe, que nacen de los corazones de los humildes y que alaban y glorifican a Dios , pero que exigen y necesitan una Pastoral distinta, una evangelización diferente, pero que parte del respeto de la persona, sujeto de la evangelización, como lo hizo Vasco de Quiroga y como lo han hecho los pocos Obispos comprometidos con el pueblo.

Además del respeto que se debe brindar, se debe atender a estos sencillos cristianos que expresan libremente su fe, individual o colectivamente, pero que lleva la riqueza de la humildad y de la veneración sincera a sus “Santos” a sus patronos. Es volver a los humildes, a la Fe del artesano, a la Fe de las Uananchas, es volver a la Iglesia primitiva con un referente claro de un Cristo que siempre estuvo con los humildes.

Junio del 2007

Guadalupe Hernándes Dimas

Luis Sereno C.

Equipo UARHI.

 

 

 

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